''¿Quién te crees que eres?''
'' ¡James! Me dijiste que lo harías, me lo prometiste!''
'' ¡No, ahora ya no vale! ¡No quiero volver a verte, aléjate! ''
'' ¿Quién te crees que eres?''
'' Siempre vas con esos aires de superioridad, de que todo te resbala... Si todo te resbala, ¿para qué estás aquí, James?''
'' Se apagó y no va a volver a encenderse, acéptalo. ''
James soltó otro grito de nuevo, en medio de la nada, con tanta fuerza como el anterior. Esas voces le llevaban atormentando el resto de la noche. ¿Acaso no iban a alejarse de él? ¿No podían simplemente, desaparecer para no volver jamás? Tenía constancia de lo que había hecho, pero no podía alterar el pasado.
Tras cinco minutos de nuevos gritos, las voces empezaron a disminuir pero seguían siendo igual de venenosas, igual de tóxicas.
Se pasó así durante por lo menos dos horas, sudando, con los ojos llenos de lágrimas y gritando.
Descubrió, a lo lejos, una figura masculina que se le acercaba. Sacó la varita del bolsillo de su pantalón y apuntó a la sombra misteriosa, sin temor, recomponiéndose de una forma tan rápida que parecía casi imposible.
— ¿Quién eres? ¡Muéstrate o arriésgate a no hacerlo! — Gritó, nervioso, con un mal pulso sujetando su arma.
— Tranquilo, James, estoy aquí. Baja la varita, no pasa nada, no voy a hacerte daño. — Su voz le resultaba familiar, lejana por su estado pero sabía que la había escuchado antes.
— ¡Mentira! ¡Aléjate de mi! ¡Levoc...! ¡Levicorpos!
El hechizo se volvió contra él al pronunciarlo mal, lanzándolo por los aires y tirándolo al suelo. Se quedó muy dolorido e intentó levantarse, el desconocido le ayudó a hacerlo susurrándole palabras que ayudaban a espantar a las de su cabeza. Tenía los ojos semicerrados, estaba agotado.
— James, James... ¿¡Me oyes!? ¡James!
— ¡Al...! ¡Aléjate de mi! ¡Quieres matarme! ¡Vo.. voy a matarte!
Con las pocas fuerzas que le quedaban se volvió contra el chico y se las arregló para tirarse encima de él. Vio su rostro, pero no lo asociaba a nadie. Le apuntó con la varita, de nuevo, seguro de lo que iba a hacer, pero antes de que pudiera realizar nada olió un perfume femenino y sonó un crac.
— ¿¡Qué has hecho Marishka!? ¡No iba a hacerme nada! ¡Es mi hermano! — Ahora era el chico de ojos verdes el que parecía ido, sin entender absolutamente nada.
— Al, cálmate, iba a hacerte más daño del que crees y no iba a permitirlo. Tiene el anillo.
— ¿Qué anillo...?
La mujer le contó todo lo que le había ocurrido con James antes de que se marcharan de Inglaterra. Un episodio similar, en el que el joven perdía el juicio y hablaba pero no siendo él mismo, había algo dentro que se había adherido a su cerebro y no le dejaba ser quién era. Atacó a Marishka, quien en aquel entonces no se defendió hasta que consiguió ponerle el anillo que lucía en su mano en la suya. Acto seguido le clavó una trozo de hierro en el estómago, murió y volvió a la vida horas más tarde.
Tras eso, la rubia le había dicho al Potter que se lo regalaba pues lo iba a necesitar mucho más que ella. James le pidió que guardara su secreto porque no quería que nadie fuera consciente de ello. Nunca más volvieron a tocar el tema, bien porque no surgió la ocasión, bien porque Marishka no quería volver a hacerle pasar por eso y bien porque James quería enterrar esos recuerdos.
Alrus, que había escuchado toda la historia se quedó a cuadros. ¿Su hermano no confiaba lo suficiente en él, pero si en su novia? Aquello le sentaba fatal aunque analizándolo mejor, vio la perspectiva desde el punto de vista de James y lo dejó pasar, alegando que si bien Marishka lo sabía era por casualidad. Pero, lo más importante... ¿Qué hacía perder a su hermano la cabeza?
...
Pasadas unas horas el mayor de los Potter abrió los ojos en un sofá desconocido.
— ¡¡Está vivo, Marishka!! Menos mal.
— ¡Ves! Te dije que funcionaría.
— ¿Qué...? ¿Dónde...? ¿Albus? ¿Mar?
Tras su recuperación, ambos le contaron lo que había sucedido y poco a poco fue introduciéndose en la escena. Les habló de sus voces y de lo que le decían continuamente, de que veía cosas y que, de vez en cuando, se despertaba en medio de nadie sabe dónde, con pérdidas de memoria.
— ¿Soy todo lo que dicen las voces? ¿Soy así?
— Sí, Jarius. — Dijo Marishka. — Eres un gallito orgulloso y un completo egocéntrico. A veces te haces el gracioso y la gente se ríe, a veces contigo y a veces de ti. Puedes resultar la persona más molesta del mundo, la que dice las cosas en el momento menos oportuno, la que habla sin pensar. Pero, escúchanos, eres James Sirius Potter y nosotros te queremos así.
— ¿Cómo se puede querer que es así? ¡No se puede! ¡Lo dices para que me sienta mejor!
— Jarius... Todos te queremos, sería estúpido no hacerlo.
— ¿Por qué? A ti siempre te he molestado y siempre te he tratado como si fueses la oveja negra de la familia. Y a Marishka le he dicho cosas muy feas.
— ¡Serás idiota! James, siempre has estado ahí cuando te he necesitado. Siempre me has ayudado, le pegabas a los niños que se metían conmigo y cazabas los monstruos que temía cuando era pequeño.
— Coincido contigo, amor. Todas las cosas feas que me has dicho no importaron antes y no importan ahora, porque desde el minuto uno me has aceptado. Albus te dijo eh, estoy saliendo con una vampiresa y no hizo falta nada más para que me aceptaras, al contrario que el resto del mundo. Eres lerdísimo.
Se produjo una pausa, todos la necesitaban. Sobre todo el mayor de los Potter, que aún no era capaz de entrar en sí. ¿De verdad, ellos, a pesar de lo que era seguían queriéndole? Sí, por supuesto que lo hacían y ahora lo sabía. Esa parte de miedo, de quedarse solo, sin nadie más... desapareció en aquel instante. Tenía ya a dos personas que nunca le abandonarían y que de intentarlo, no dejaría escapar.
— ... ¿Puedo quedarme con vosotros unos días? No quiero molestar, de verdad, pero...
— ¡Claro que puedes! ¿Acaso lo dudabas? Voy a preparar chocolate caliente, ¿quieres unas galletas? — La rubia pronunció aquellas palabras y en seguida desapareció.
— James, ¿te decían algo más? — Susurró Albus a su hermano mayor.
La cara del Potter fue de sorpresa, pero inmediatamente se le formó una sonrisa a pesar de que lo que todavía ocultaba fuera de todo menos bonito. Su hermano le conocía, cada punto débil, cada punto fuerte. Sabía cuando mentía, cuando decía la verdad y cuando escondía algo a pesar de que fuese firme, a pesar de que lo ocultase lo mejor que podía.
Al fin y al cabo, llevaba conviviendo con él toda la vida. Lo menos que podía esperar era éso.
— No... ¿qué mas iban a decirme...?
— Espero a que me lo cuentes.
Pensó realmente en seguir negándoselo a él y a si mismo, pero fue egoísta cuando decidió contárselo. Fue egoísta porque no quería vivirlo él solo con todo lo que conllevaba hacerlo. Porque decidió que estaba cansado como para llevar todo ese peso encima y decidió que Albus también tenía que sufrir llevándolo a su espalda.
Asegurándose de que Marishka no andaba por la zona, se acercó más a su hermano y le dijo unas palabras al oído. En respuesta, el menor de los Potter abrió mucho los ojos.
— Vamos... vamos a tener que solucionar ésto. No le digas nada a Marishka. Es mejor que no lo sepa o si no hará todo lo que esté en su mano por ambos, no quiero ponerla en peligro.
Y ahí vio la diferencia, ahí descubrió lo que había hecho y ahí se odió a si mismo de nuevo. Vio en él amor hacia ella, vio que prefería vivir toda la vida con ello que hacérselo saber a Marishka, para además de causar su preocupación y malestar, ponerla en peligro. Todo ello por amor. Y, de esa misma forma, supo que su hermano era mil veces mejor que él dado que no se lo guardó. No supo callarse, no supo aguantar las ganas y no supo hacerse el tonto. No supo mirar hacia otro lado y ahora no tenía el poder para dar marcha atrás.
Su hermano asintió con la cabeza, prometiéndole de esa forma callarse la información ante ella.
Pocos minutos más tarde, la vampiresa apareció con tres tazas de chocolate en una bandeja. Observó en conjunto a ambos, pero después les atravesó a cada uno con la mirada.
En los de James no encontró nada más allá de lo que le había dicho, guardaba bien sus secretos. En Albus, sin embargo, halló una esencia extraña pero no supo identificar cuál era ni de qué calibre. Por la mirada posterior de los Potter, le faltaron escasos segundos para descubrir que le estaban ocultando algo.
Las palabras que iban a salir de la boca de la rubia se vieron interrumpidas por un niño pequeño que se acercaba correteando. Había crecido enormemente desde la última vez que James lo había visto, ¿cuantos meses tenía? ¡Si casi podía decirse que ya iba por los dos o tres años!
— ¡Tito James! Es tito, mami. ¡Es tito James, papi!
— Si, mi vida, es el tito James. — Respondió el Potter, con una sonrisa al ver a su hijo aparecer.
— Ya estás hecho un chico mayor, eh. ¡Ven a darle un abrazo al tito!
Viktor se acercó, caminando de forma torpe, hacia su tío, sobre el que se tiró encima de forma brusca, aunque no le hizo daño.
— Podo pintar a tito James, ¿verdad tito?
— Claro que puedes.
— Pero con una condición, Vik.
— ¿Cuá?
— Dibújame con las tetas de mamá.
— ¡¡James!! ¡No le digas eso al niño! — Respondió la rubia, que tapaba las orejas del pequeño con las manos.
— Pues lo que le queda... ¿Tu sabes a la familia de viciosos a la que pertenece? ¡Que aprenda! Hay que llevarle de putill...
— ¡¡Ya basta, James!! Qué mala influencia eres... — Dijo Alrus por lo bajo.
— ¿Yo? ¿Mala influencia? ¿Y si nos vamos nosotros?
— ¡¡Aquí nadie se va a ir a ninguna parte!!
— Bueeeeeeeeno.... ¿Y si nos baila Marishka algo rumano con una falda corta para amenizar la cena?
— ¡Sííiííí! ¡Yo os bailo!
Poco más tarde la chica salió corriendo del salón como si fuera una niña pequeña, para prepararse la escena. Vik siguió a su madre, caminando a paso rápido. Se cayó varias veces, pero se levantaba en apenas segundos para volver a correr.
— Albus...
— ¿Qué pasa ahora, James?
— Os quiero.
— ¡Mentira! ¡Aléjate de mi! ¡Levoc...! ¡Levicorpos!
El hechizo se volvió contra él al pronunciarlo mal, lanzándolo por los aires y tirándolo al suelo. Se quedó muy dolorido e intentó levantarse, el desconocido le ayudó a hacerlo susurrándole palabras que ayudaban a espantar a las de su cabeza. Tenía los ojos semicerrados, estaba agotado.
— James, James... ¿¡Me oyes!? ¡James!
— ¡Al...! ¡Aléjate de mi! ¡Quieres matarme! ¡Vo.. voy a matarte!
Con las pocas fuerzas que le quedaban se volvió contra el chico y se las arregló para tirarse encima de él. Vio su rostro, pero no lo asociaba a nadie. Le apuntó con la varita, de nuevo, seguro de lo que iba a hacer, pero antes de que pudiera realizar nada olió un perfume femenino y sonó un crac.
— ¿¡Qué has hecho Marishka!? ¡No iba a hacerme nada! ¡Es mi hermano! — Ahora era el chico de ojos verdes el que parecía ido, sin entender absolutamente nada.
— Al, cálmate, iba a hacerte más daño del que crees y no iba a permitirlo. Tiene el anillo.
— ¿Qué anillo...?
La mujer le contó todo lo que le había ocurrido con James antes de que se marcharan de Inglaterra. Un episodio similar, en el que el joven perdía el juicio y hablaba pero no siendo él mismo, había algo dentro que se había adherido a su cerebro y no le dejaba ser quién era. Atacó a Marishka, quien en aquel entonces no se defendió hasta que consiguió ponerle el anillo que lucía en su mano en la suya. Acto seguido le clavó una trozo de hierro en el estómago, murió y volvió a la vida horas más tarde.
Tras eso, la rubia le había dicho al Potter que se lo regalaba pues lo iba a necesitar mucho más que ella. James le pidió que guardara su secreto porque no quería que nadie fuera consciente de ello. Nunca más volvieron a tocar el tema, bien porque no surgió la ocasión, bien porque Marishka no quería volver a hacerle pasar por eso y bien porque James quería enterrar esos recuerdos.
Alrus, que había escuchado toda la historia se quedó a cuadros. ¿Su hermano no confiaba lo suficiente en él, pero si en su novia? Aquello le sentaba fatal aunque analizándolo mejor, vio la perspectiva desde el punto de vista de James y lo dejó pasar, alegando que si bien Marishka lo sabía era por casualidad. Pero, lo más importante... ¿Qué hacía perder a su hermano la cabeza?
...
Pasadas unas horas el mayor de los Potter abrió los ojos en un sofá desconocido.
— ¡¡Está vivo, Marishka!! Menos mal.
— ¡Ves! Te dije que funcionaría.
— ¿Qué...? ¿Dónde...? ¿Albus? ¿Mar?
Tras su recuperación, ambos le contaron lo que había sucedido y poco a poco fue introduciéndose en la escena. Les habló de sus voces y de lo que le decían continuamente, de que veía cosas y que, de vez en cuando, se despertaba en medio de nadie sabe dónde, con pérdidas de memoria.
— ¿Soy todo lo que dicen las voces? ¿Soy así?
— Sí, Jarius. — Dijo Marishka. — Eres un gallito orgulloso y un completo egocéntrico. A veces te haces el gracioso y la gente se ríe, a veces contigo y a veces de ti. Puedes resultar la persona más molesta del mundo, la que dice las cosas en el momento menos oportuno, la que habla sin pensar. Pero, escúchanos, eres James Sirius Potter y nosotros te queremos así.
— ¿Cómo se puede querer que es así? ¡No se puede! ¡Lo dices para que me sienta mejor!
— Jarius... Todos te queremos, sería estúpido no hacerlo.
— ¿Por qué? A ti siempre te he molestado y siempre te he tratado como si fueses la oveja negra de la familia. Y a Marishka le he dicho cosas muy feas.
— ¡Serás idiota! James, siempre has estado ahí cuando te he necesitado. Siempre me has ayudado, le pegabas a los niños que se metían conmigo y cazabas los monstruos que temía cuando era pequeño.
— Coincido contigo, amor. Todas las cosas feas que me has dicho no importaron antes y no importan ahora, porque desde el minuto uno me has aceptado. Albus te dijo eh, estoy saliendo con una vampiresa y no hizo falta nada más para que me aceptaras, al contrario que el resto del mundo. Eres lerdísimo.
Se produjo una pausa, todos la necesitaban. Sobre todo el mayor de los Potter, que aún no era capaz de entrar en sí. ¿De verdad, ellos, a pesar de lo que era seguían queriéndole? Sí, por supuesto que lo hacían y ahora lo sabía. Esa parte de miedo, de quedarse solo, sin nadie más... desapareció en aquel instante. Tenía ya a dos personas que nunca le abandonarían y que de intentarlo, no dejaría escapar.
— ... ¿Puedo quedarme con vosotros unos días? No quiero molestar, de verdad, pero...
— ¡Claro que puedes! ¿Acaso lo dudabas? Voy a preparar chocolate caliente, ¿quieres unas galletas? — La rubia pronunció aquellas palabras y en seguida desapareció.
— James, ¿te decían algo más? — Susurró Albus a su hermano mayor.
La cara del Potter fue de sorpresa, pero inmediatamente se le formó una sonrisa a pesar de que lo que todavía ocultaba fuera de todo menos bonito. Su hermano le conocía, cada punto débil, cada punto fuerte. Sabía cuando mentía, cuando decía la verdad y cuando escondía algo a pesar de que fuese firme, a pesar de que lo ocultase lo mejor que podía.
Al fin y al cabo, llevaba conviviendo con él toda la vida. Lo menos que podía esperar era éso.
— No... ¿qué mas iban a decirme...?
— Espero a que me lo cuentes.
Pensó realmente en seguir negándoselo a él y a si mismo, pero fue egoísta cuando decidió contárselo. Fue egoísta porque no quería vivirlo él solo con todo lo que conllevaba hacerlo. Porque decidió que estaba cansado como para llevar todo ese peso encima y decidió que Albus también tenía que sufrir llevándolo a su espalda.
Asegurándose de que Marishka no andaba por la zona, se acercó más a su hermano y le dijo unas palabras al oído. En respuesta, el menor de los Potter abrió mucho los ojos.
— Vamos... vamos a tener que solucionar ésto. No le digas nada a Marishka. Es mejor que no lo sepa o si no hará todo lo que esté en su mano por ambos, no quiero ponerla en peligro.
Y ahí vio la diferencia, ahí descubrió lo que había hecho y ahí se odió a si mismo de nuevo. Vio en él amor hacia ella, vio que prefería vivir toda la vida con ello que hacérselo saber a Marishka, para además de causar su preocupación y malestar, ponerla en peligro. Todo ello por amor. Y, de esa misma forma, supo que su hermano era mil veces mejor que él dado que no se lo guardó. No supo callarse, no supo aguantar las ganas y no supo hacerse el tonto. No supo mirar hacia otro lado y ahora no tenía el poder para dar marcha atrás.
Su hermano asintió con la cabeza, prometiéndole de esa forma callarse la información ante ella.
Pocos minutos más tarde, la vampiresa apareció con tres tazas de chocolate en una bandeja. Observó en conjunto a ambos, pero después les atravesó a cada uno con la mirada.
En los de James no encontró nada más allá de lo que le había dicho, guardaba bien sus secretos. En Albus, sin embargo, halló una esencia extraña pero no supo identificar cuál era ni de qué calibre. Por la mirada posterior de los Potter, le faltaron escasos segundos para descubrir que le estaban ocultando algo.
Las palabras que iban a salir de la boca de la rubia se vieron interrumpidas por un niño pequeño que se acercaba correteando. Había crecido enormemente desde la última vez que James lo había visto, ¿cuantos meses tenía? ¡Si casi podía decirse que ya iba por los dos o tres años!
— ¡Tito James! Es tito, mami. ¡Es tito James, papi!
— Si, mi vida, es el tito James. — Respondió el Potter, con una sonrisa al ver a su hijo aparecer.
— Ya estás hecho un chico mayor, eh. ¡Ven a darle un abrazo al tito!
Viktor se acercó, caminando de forma torpe, hacia su tío, sobre el que se tiró encima de forma brusca, aunque no le hizo daño.
— Podo pintar a tito James, ¿verdad tito?
— Claro que puedes.
— Pero con una condición, Vik.
— ¿Cuá?
— Dibújame con las tetas de mamá.
— ¡¡James!! ¡No le digas eso al niño! — Respondió la rubia, que tapaba las orejas del pequeño con las manos.
— Pues lo que le queda... ¿Tu sabes a la familia de viciosos a la que pertenece? ¡Que aprenda! Hay que llevarle de putill...
— ¡¡Ya basta, James!! Qué mala influencia eres... — Dijo Alrus por lo bajo.
— ¿Yo? ¿Mala influencia? ¿Y si nos vamos nosotros?
— ¡¡Aquí nadie se va a ir a ninguna parte!!
— Bueeeeeeeeno.... ¿Y si nos baila Marishka algo rumano con una falda corta para amenizar la cena?
— ¡Sííiííí! ¡Yo os bailo!
Poco más tarde la chica salió corriendo del salón como si fuera una niña pequeña, para prepararse la escena. Vik siguió a su madre, caminando a paso rápido. Se cayó varias veces, pero se levantaba en apenas segundos para volver a correr.
— Albus...
— ¿Qué pasa ahora, James?
— Os quiero.

Vengo a dejarte un comentario aquí, porque aunque ya te he dicho casi todo, creo que es lo indicado. Además, que estas cosas siempre hacen ilusión.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho, como ya sabes. Has captado muy bien la esencia de cada uno de los personajes, pero hablando personalmente de los que yo más conozco (Alrus, Mar y Viktor) creo que lo has hecho de manera extraordinaria porque viéndolos solo en una intervención, son ellos. Eso es bastante difícil, sin embargo tú lo has hecho realmente bien.
Por sacarte fallos, por joder nada más, te sacaría dos:
El primero, por mi tiquismiquismo de Grammar Nazi, lo siento muchísimo: el formato de los diálogos. Y con esto me refiero a, por ejemplo, la mayúscula en verbos como «gritó, decía» después de raya; o a la puntuación antes de raya, como en, ejemplo random, «—Te lo dije. —dijo él». Esto es una nimiedad y si quieres puedo pasarte un documento que tengo bastantes normas ortográficas y, entre ellas, las de la raya.
Y, el segundo, por lo bien que lo has hecho: es demasiado corto y demasiado rápido. Me has metido en la escena en el minuto uno, pero como has hecho eso, todo me ha ido hiper rápido y me he quedado en plan: «¿ya?». De verdad que tengo muchas ganas de que sigas o me explique esas incógnitas, el cómo ha llegado Jarius a esa situación, su secretillo con Al… Todo. A parte de que me interesa mucho la vida de Jarius en Rumanía y tu visión de todo esto.
Por lo demás, estoy enamorada. Llevo tres lecturas ya y voy a por la cuarta. Me has hecho sonreír y añorar los roles contigo, leer los tuyos con Albus.
Muchas gracias por este relato, porque aunque no sea expresamente dedicado, lo siento como un regalo.